Abril 19, 2026 -HC-

León la tiene clara


Domingo 19 de Abril de 2026, 7:00am




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León XIV se ha convertido en un firme critico a los conflictos, y por tanto en una piedra en la zapato para los que la provocan. Esta semana Donald Trump ha lanzado ataques abiertos contra el primer papa estadounidense de la historia, lo que hace la situación más sensible. El detonante fue la postura en contra de la guerra con Irán. Entretanto, León continua su viaje por Africa y la tiene clara:  un “no” rotundo a la guerra. Así lo dijo desde un hogar de ancianos que visitó en Argelia: “el corazón del Padre no está con el malvado, el arrogante y el orgulloso, el corazón de Dios esta con los pequeños, los humildes”. Y como no tiene miedo, no va perder oportunidad para hablar de estos temas las veces que sean necesarias porque es lo que le corresponde.

El actual desencuentro entre Washington y el Vaticano evidencia una tensión que, lejos de circunscribirse a un desacuerdo coyuntural, articula dimensiones políticas, religiosas y geoestratégicas. Diversos análisis mediáticos han interpretado este episodio no solo como una divergencia de posiciones, sino como una interpelación directa a la figura del papado, lo que ha suscitado reacciones críticas y cierto distanciamiento por parte de algunos líderes políticos frente a la administración estadounidense. Por su parte, la Santa Sede ha procurado mantener el conflicto en un plano institucional, evitando la personalización del debate, aunque reafirmando su compromiso con la promoción de la paz como principio rector de su acción internacional. En este sentido, el caso ilustra cómo actores tradicionales y no tradicionales interactúan en un escenario global cada vez más tensionado y complejo.

En efecto, el contexto geopolítico contemporáneo está acelerando la configuración de un nuevo orden internacional que, si bien se ha venido gestando de manera gradual desde inicios del milenio, hoy adquiere una densidad y dinamismo particulares. La distribución del poder ya no puede explicarse únicamente en función de variables económicas o capacidades militares; la dimensión tecnológica emerge como un eje estructurante que redefine las relaciones de poder, incide en los márgenes de soberanía estatal y condiciona las trayectorias de desarrollo de las naciones en un entorno crecientemente interdependiente y competitivo.

En atención a estos escenarios, en el Vaticano se han congregado esta semana  los miembros de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, instancia creada por San Juan Pablo II en 1994 con la misión de afrontar los desafíos de la sociedad moderna en los ámbitos de la política, la economía, las leyes y otros aspectos inherentes a la democracia y la dignidad de la persona.

La razón del encuentro es reflexionar sobre el ejercicio del poder como elemento fundamental para construir la paz. Pero, ¿hacia donde apunta la Iglesia en este proceso de transformación geopolítica? Su enfoque es principalmente ético y humano: cualquier orden internacional debe colocar al centro a la Persona Humana. De hecho, la encíclica Fratelli Tutti de Francisco proponía la urgencia de repensar el orden mundial porque la desigualdad global, la exclusión de países pobres o el descarte de las personas por modelos económicos (la cultura del descarte).

León retoma esta reflexión al señalar que la paz es parte esencial del nuevo orden, una paz que requiere “corazones y mentes educados en la solicitud hacia los demás y capaces de percibir el bien común en el mundo de hoy”. Quizás uno de los puntos débiles del anterior modelo de orden mundial fue justamente dejar de lado a la persona; ¿pero como se puede garantizar ahora la justicia y la paz?

Más de una vez la enseñanza social de la Iglesia ha señalado que la guerra no es la ruta a seguir. Sin embargo, hablar de la guerra en la actualidad no es lo mismo que hablar de las guerras del medioevo; las espadas y palos fueron muy diferentes al armamento letal y los drones guiados del hoy.

El escenario actual no solo interpela a los actores políticos, sino también a la conciencia ética de la comunidad internacional. En un contexto donde el poder se redefine y la tecnología amplifica tanto las capacidades como los riesgos, la insistencia de la Iglesia en colocar a la persona humana en el centro no constituye un planteamiento abstracto, sino una condición de posibilidad para la estabilidad global. Si el nuevo orden internacional ha de consolidarse sobre bases duraderas, deberá integrar no solo equilibrios de poder, sino también principios de justicia, dignidad y bien común, sin los cuales la paz seguirá siendo frágil y contingente.

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