En un mundo interconectado, la diplomacia presidencial y ministerial es una herramienta legítima para abrir mercados, atraer cooperación y posicionar al país en agendas globales. Sin embargo, en Bolivia esta práctica se ha vuelto un terreno ambiguo: abundan los viajes, pero escasean los resultados concretos, medibles y alineados a una estrategia nacional de desarrollo. La brecha entre presencia internacional y capacidad interna es cada vez más evidente.
El país se encuentra en pleno proceso de construcción del Plan General de Desarrollo Económico y Social (PGDES) 2026–2035 y del PDES 2026–2030, instrumentos que buscan articular una visión de largo y mediano plazo basada en siete ejes estratégicos: economía para la gente, apertura al mundo, autonomías, modernización estatal, transparencia, bienestar social y sostenibilidad ambiental. Estos planes pretenden ordenar las prioridades nacionales y orientar la acción pública hacia un modelo de desarrollo más eficiente, tecnológico, inclusivo y sostenible. Sin embargo, la acción gubernamental no siempre refleja esta orientación.
Los viajes presidenciales deberían traducirse en acuerdos verificables: inversión, cooperación técnica, transferencia de conocimiento, apertura de mercados o fortalecimiento institucional. Pero la evidencia pública muestra que muchos anuncios quedan en declaraciones generales, sin cronogramas, sin responsables y sin mecanismos de seguimiento. En un contexto de desaceleración económica y presión fiscal, la ciudadanía percibe estos desplazamientos como gastos más que como inversiones.
La ausencia de reportes oficiales detallados —qué se negoció, qué se firmó, qué se obtuvo y en qué plazos— debilita la confianza pública y limita la capacidad de auditoría social. Esta opacidad se vuelve aún más preocupante en el ámbito tecnológico, donde la falta de planificación es especialmente evidente. Bolivia requiere modernización digital, interoperabilidad, ciberseguridad, infraestructura y talento especializado, pero estos avances solo serán posibles si las entidades responsables presentan previamente una propuesta país, un plan de transformación digital y un modelo de gobernanza tecnológica que defina prioridades, estándares, responsabilidades y resultados esperados. Sin estos insumos, cualquier viaje, reunión o acuerdo internacional carece de sustento técnico y se convierte en un ejercicio de improvisación.
La presencia de ministros, empresarios y delegaciones enteras en foros, sin claridad de objetivos solo genera ruido, gastos y fotografías, pero no soluciones. La cooperación internacional no se activa con discursos, sino con proyectos sólidos, indicadores, arquitecturas tecnológicas, modelos de sostenibilidad y capacidad demostrada de ejecución.
Para que los viajes oficiales tengan impacto real, Bolivia debe adoptar un enfoque inverso al actual:
- Primero, construir capacidades internas: planes, pilotos, estándares, marcos regulatorios, equipos técnicos y resultados verificables.
- Luego, presentar estos avances ante organismos internacionales, socios estratégicos y potenciales cooperantes.
- Finalmente, negociar cooperación basada en evidencia, no en expectativas.
El PGDES y el PDES solo serán efectivos si las autoridades alinean sus acciones —incluidos los viajes— a estos instrumentos, priorizando resultados antes que presencia mediática.
Los viajes del presidente y de las autoridades bolivianas pueden ser herramientas valiosas, pero solo si están respaldados por una estrategia nacional clara, proyectos sólidos y rendición de cuentas pública. En el ámbito tecnológico —clave para el desarrollo del país— la improvisación no solo es ineficiente: es costosa. Bolivia debe dejar de viajar para “hacer ruido” y empezar a viajar para consolidar resultados, atraer cooperación real y posicionarse como un país serio, moderno y preparado para el futuro.
Luis Sergio Valle, presidente de la Fundación FUNDETIC Bolivia
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