Desde el año 1952, cada 22 de marzo, los bolivianos sacamos a "pasear" por el centro paceño los restos del ciudadano boliviano Eduardo Abaroa Hidalgo, muerto en combate el domingo 23 de marzo de 1879.
Pobre Abaroa, que ni siquiera dejamos descansar en paz sus restos mortales.
Lo que Abaroa si hubiera querido en vida es que el presidente Hilarión Daza les hubiera mandado para la defensa de Calama mínimamente al 3ro. de Línea acantonado en Potosí, para enfrentar militarmente al ejército chileno, y así evitar la muerte suya y la de sus compañeros; y de esa forma envejecer con su esposa, hijos y nietos.
Ni los pedidos, ni los ruegos de Ladislao Cabrera al presidente Daza sirvieron para conmover el corazón del mandatario de turno, por lo que los defensores de Calama murieron abandonados a su suerte.
El 23 de marzo NO es el "día del mar".
El 23 de marzo se recuerda el episodio épico de 130 ciudadanos que defendieron su pueblo y el derecho boliviano contra 480 militares chilenos.
La Historia sirve para aprender de las luces y las sombras del evento específico, no solo para desfilar, hacer horas cívicas o peor aún, manipular políticamente las mentes de las sociedades, como lo hemos hecho desde 1904.
Que la dramática Historia de la Guerra del Pacífico sirva para no cometer los mismos errores de 1873, 1879, 1904 y 2018.
Ojalá que llegue el día en que por fin dejemos descansar en paz a Don Eduardo Abaroa Hidalgo, el hombre que dió su vida por su compromiso nacional.
Es lo mínimo que merece su memoria.
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