Marzo 02, 2026 -HC-

Estigma, billetes y accidentes aéreos o terrestres


Lunes 2 de Marzo de 2026, 1:00pm




...

La gente de aquí o de allá, independientemente de su condición étnica o regional, recoge billetes provenientes de aviones o de autos accidentados. Para sostener esta afirmación, cito in extenso una nota de prensa de La Nación de Argentina, referida a un accidente terrestre ocurrido en San Diego, California en noviembre de 2021, donde miles de billetes en dólares fueron esparcidos sobre la vía pública.

Un camión de caudales perdió miles de dólares luego de que la puerta del vehículo se abriera por accidente en medio de una autopista de San Diego, California. El incidente desató un caos en ambos carriles cuando varias bolsas de efectivo cayeron al suelo y provocaron -literalmente- una lluvia de billetes. Las imágenes quedaron registradas por la gente que transitaba por el lugar y se detuvo a recoger el dinero.

El episodio ocurrió este viernes en Carlsbad, cerca de las 9, y se vio agravado cuando las personas comenzaron a abalanzarse sobre los billetes de 1 y 20 dólares que estaban esparcidos sobre el asfalto de la interestatal 5. Según informó People, la situación se salió de control dado que el conductor del blindado viajaba solo, sin la compañía de la seguridad pertinente[1].  

Entonces, es necesario entender lo ocurrido en la ciudad de El Alto el 27 de febrero para desafiar aquellas narrativas e imaginarios que buscan hacer escarnio del Otro. Al mismo tiempo, develar el profundo racismo presente en algunos periodistas, activistas en redes sociales o escribidores. En principio, el estigma racista en nuestro medio es un acto reactivo frente al Otro: el “indio”, el kolla, el aymara, el quechua o guaraní, quienes, curiosamente, en beneficio del país, están produciendo nuevos imaginarios y subjetividades sociales. A su vez, están produciendo una nueva territorialidad que se mueve por casi todos los rincones del país, como ha sido un movimiento previo a la revolución de 1952 (Laura Gotkowitz, 2011 y Carmen Soliz, 2022). En este sentido, resulta fundamental entender la cuestión del estigma como imaginarios en tanto que es un grave problema colonial y a la vez de un racismo contemporáneo expuesta como el alma misma de ciertos grupos, los cuales se muestran cegados por imágenes nubladas, incoherentes y desfasadas respecto del relato de lo moderno y liberal.

El trágico accidente aéreo en la avenida Costanera de la ciudad de El Alto así desató, una vez más, un imaginario social de miedo hacia el Otro. Por supuesto, no hay que justificar a la gente que hurtó dinero, pues ello es incorrecto; pero generalizarlas se convierte en parte de un juego intencionado frente a la mayoría de los alteños y alteñas que no estuvieron allí. Desde la teoría clásica de la psicología de masas, la gente por una u otra razón, puede volverse incoherente consigo misma; ello ocurre aquí o allá. Así, en California se observa a personas levantando billetes y mostrándolos con alegría. Y así se puede documentar varios casos exactamente similares.

Entonces, ¿por qué etiquetar a los alteños, en términos genéricos, como “ladrones”, “bárbaros”, “delincuentes” o “rateros”? ¿Qué hay detrás de todo ese imaginario que circula en redes sociales y que es reproducido por algunos escribidores, como, por ejemplo, Robert Brockmann, quien alude al “Dilema moral de El Alto” en un texto publicado en Urgente.bo el 28 de febrero? Asimismo, ¿por qué no se visibiliza de igual manera a quienes ayudaron a rescatar heridos y a rezar en el mismo lugar del accidente, movidos por un profundo dolor humano? Caso Ana María Quispe o de la señora que reparte desayudo a los efectivos militares.

La afirmación de Gustavo Calle resulta coherente con la teoría de la psicología de masas referida más arriba, puesto que, aquí o allá, la gente tiende a actuar de manera similar cuando ve dinero desparramado: “La reacción sobre el dinero esparcido hubiera sido la misma en la zona Sur, Sopocachi, Santa Cruz o en cualquier otro lugar, en fin, poca gente hubiera vislumbrado una acción diferente”[2].

Así, y sin hacer un gran esfuerzo analítico, lo que se observa es un escarnio que aparece como forma de venganza inscrita en la larga historia colonial y en el racismo contemporáneo, ya sea expresado como odio, desprecio, animalización o salvajización de ese Otro. En esta construcción hay varias paradojas que vale la pena señalar.

Una de ellas tiene que ver con la persistencia de un fenómeno colonial en un Estado ya históricamente poscolonial. En este contexto, dicho fenómeno se manifiesta como casos inconscientes y otros de manera consciente, bajo la lógica del espejo del Otro. En esa lógica, la realidad podría formularse así: “ese Otro es igual a mi pasado, pero necesito deshacerme de él porque me recuerda lo que fui y aquello que represento”. Se trata, por tanto, de un problema existencial.

Este problema, en parte, proviene de gente que tiene el mismo origen cultural e histórico, con la diferencia de que se han blanqueado imaginariamente; aunque, cuando se miran al espejo, no dejan de ser lo que son. Es, en definitiva, el problema del ser colonizado y racializado.

La otra es la “paradoja Brockmann”, dada en un Estado poscolonial en la que se expresa nítidamente un racismo “blanco”, entendible por su ubicación social y su origen histórico. En esta perspectiva, el “indio” es un profundo problema existencial: se lo percibe como peligro, amenaza o competidor y para su peor mal está tomando a Bolivia como su nuevo destino. Este racismo según F. Fanón está definido de un espacio de no ser, en nuestro caso El Alto. 

Estas paradojas se explican por condiciones de clase y étnicas que se juntan como un profundo problema de negación frente a la realidad del espejo, pues este te presenta tal cual eres, y ello, se convierte en un grave problema para una parte de la colectividad boliviana.

En El Deber de Santa Cruz, citando a Grover Yapura, se expone la denominada paradoja Brockmann. Dice: “Se vive momento de descontrol y caos cerca del lugar donde se accidentó el avión militar en El Alto… los pobladores intentan ingresar para sustraer los billetes”. La palabra intentar indica que el hecho aún no ha ocurrido; pero el periodista lo da por hecho aquel suceso al afirmar “para sustraer los billetes”.  Se adelanta al hecho entonces, construye la imagen de la sustracción.

Claramente aquí se nota el imaginario de elite, posiblemente anclado en que nunca ha querido ver a los alteños como ciudadanos plenos. Esta lógica está dada en la misma lógica del viejo racismo representado por Nicomedes Antelo - Gabriel Rene Moreno. En los años de 1890 ambos pensadores decían: “Si la extinción de los inferiores es una de las condiciones del progreso universal… la consecuencia, señores, es irreversible, por la dolorosa que sea” (1989).

Ese imaginario de seres superiores y seres inferiores se vuelve a repetir hoy bajo el estigma de la superioridad moral de unos y la supuesta inferioridad de los Otros, aunque, en aquel tiempo, se fundamentaba en la idea de una superioridad biológica de unos frente a la inferioridad de los Otros. Alcides Arguedas no era ajeno a tales relatos, como puede constatarse en su libro Pueblo Enfermo.

Sin duda, este estigma posee una larga construcción histórica que, en momentos de crisis o accidentes como el actual, se expone como una supuesta racionalidad superior, sin que esto sea en las relaciones sociales una realidad. En la historia contemporánea, esta dinámica tiene que ver en que ese Otro se atrevió a levantarse y reclamar su derecho a ser parte del Estado, como ocurrió en los acontecimientos de octubre de 2003 o noviembre de 2019, claro, reconociendo todos sus contrastes. Lo curioso de esto además, es que esos imaginarios se presentan como una masa, dada que desaparecen el individuo racional y la auto referida ideología liberal, moderna y democrática; para, crudamente convertirse en algo amorfo, difuso, inconcluso, anónimo, irracional y premoderno. 

El estigma que, según E. Goffman, sirve para condenar y provocar el mayor daño posible a ese Otro, se sustenta en la idea de que es anormal, que carece de sentido (2003) o es el “individuo inhabilitado para una plena aceptación social”. Por eso, Brockmann habla de “excepcionalidad”, entendida como aquello extraordinario que no se parece a los deseos de una república blanca.  

Así pues, Bolivia enfrenta un profundo problema moral de clase y étnico, expresado en grupos o personajes que exponen la excepcionalidad de sus imaginarios ocultos para tratar de infligir el mayor daño posible a la “raza maldita”, tantas veces dicha en la Bolivia poscolonial. Aquí el problema de la moral es la doble moral, como la de los doctores de Chacas de 1825, pues en el presente histórico esta se manifiesta de manera oscura, retrógrada, casi medieval y cargada de miedo. Por ejemplo, festejan ruidosamente la desgracia del “indio” y callan sus propios males.

Esta doble moral además se expone en la alaraca de ser modernos, aunque tal modernidad carezca de sustento real; en su lugar, aparece la tiranía de un imaginario oscuro e intolerante. Frente a ello, los liberales europeos de los siglos XIX y XX vieron aquel hecho como un profundo contrasentido y, en consecuencia, se plantearon grandes desafíos para superar los dilemas heredados de la Edad Media. Allí se hizo reformas orientadas hacia una nueva socialdemocracia, que exige reconocer el principio y el valor de la justicia social, la igualdad y la democracia mediante mecanismos de tolerancia y ecológica.

Finalmente, se expone aquí con claridad la tesis de que Bolivia carece de una constitución social de su sociedad, porque aparece un tribalismo “blanco” o regionalista y, por momentos, también uno proveniente de los propios “indios”, configurando así un país inconcluso, un Estado anómico y un gobierno incoherente entre lo que dice y lo que hace, como lo deja notar Wilmer Machaca en otro post. En este contexto, los billetes han abierto la puerta del demonio histórico.