Ciudad del Ekeko, (24 de enero).- La banda interplanetaria Poopó dejó por unos minutos los bombos, tambores y los bronces con los que animan las poderosas morenadas. Se sentaron en unas sillas envejecidas y sacaron rápidamente las cuerdas para ejecutar el soneto “Las cuatro estaciones de Vivaldi en DO”. No era un concierto, sino una advertencia, llegaban los Pazini. Las puertas de una limusina Mercedes se abrieron lentamente, desde donde descendieron los Pazini, enfundados en trajes y vestidos. Cada uno de ellos maquillados y perfumados. Todos bañaditos con agua y esencia de flores.
Las hijas y la esposa, vestidas con largos vestidos blancos impolutos, parecían listas para casarse con algún príncipe europeo antes que para asistir al preste de la Mamita de Copacabana. El Gallito Pazini y su heredero natural, el Pollito, lucían smokings entallados que no permiten sentarse mal ni pensar feo. Apenas pusieron un pie fuera del vehículo, seis guaruras abrieron paraguas negros, formando un escudo humano para que ni un rayo de sol toque la piel.
No hubo música de aro y aro, más bien un silencio rotundo. Los Pazini desfilaron lentamente hasta el gran local donde Gallindo celebra el preste en honor a la Mamita de Copacabana. Ella, que solía ser atea militante, enemiga de Dios, de la Iglesia y de todo lo que huela a poder, ahora es devota. Porque está enamorada. Y cuando Gallindo se enamora, Dios vuelve, los políticos desaparecen y la crítica entra en receso indefinido.
No habían pasado cinco minutos y la banda Poopó cambió de tono. Vivaldi fue brutalmente expulsado y dio paso a una morenada del Jach’a Flores. Un minibús se estacionó justo en la esquina del local de la preste, sin pedir permiso, sin pedir disculpas y con muchos cohetes. Habían llegado los Larani.
Se abrió la puerta corrediza del minibús y descendió el Larani mayor, vestido de paco, junto a su esposa y sus tres hijos, todos con deportivos recién compraditos. La Larani llevaba su clásico pantalón chupín, botas de plataforma con taco 15, blusa escotada y celular y billetera en la mano, lista para el preste.
El Larani mayor se acercó a la ventana del chofer y dijo: “se cobra de cinco, maestrito”. Pagaron, bajaron y empezaron a avanzar por el asfaltado, al ritmo de la morenada, sin alfombra roja, porque esa había sido retirada apenas llegaron los Pazini, No vaya a ser que se contamine.
A los Pazini los ubicaron a la derecha, pero alejaditos del Samu, porque dicen que es kencha.
Un poquito más adelante del Kiko, para que no presuma demasiado sus washintones.
Al lado estaban el ministro de Gobierno Olvido, el Espinas, que maneja la economía del país, y el Pulpo, que maneja la presidencia. Juntos conforman “Los Salvadores de Bolivia”, aunque todavía no se sabe si van a salvar al país o si el país los tiene que salvar a ellos.
Los Larani se sentaron a la izquierda. Ahí estaba Luchito, con una pajarita elegante sobre su traje naranja de recluso, demostrando que el estilo sobrevive incluso a la justicia. Más allá, Elvo, pijchando coquita, resguardado por una veintena de chapareños, pero bien alejadito de Luchito, por si el preste se transformaba en ring. El Larani mayor se acercó a la mesa principal, vio a su cuate y saludó con cariño: “hola, hijita”, le dijo a Fridovic, dándole una palmada en el hombro.
Si hay cumbia, nada los separa
Finalmente, Marí la Gallindo subió al escenario y tomó el micrófono y pidió que Sabor Sabor deje de tocar por unos minutos: “Hace tiempo no quería creer en nada”, dijo con voz emocionada, “pero ahora que estoy enamorada, he vuelto a creer en todo”. El público contuvo la respiración. Nadie recordaba haberla escuchado así.
“Gracias a los Pasini por asistir con sus vestidos y smokings perfumados, y gracias también a los Larani, añadió, sin ironía… o con toda la ironía del mundo. “Hoy vamos a tener un ambiente de paz y amor, porque eso es lo que caracteriza la política y los prestes de este país”
Nadie aplaudió de inmediato. Algunos se miraron. Otros se persignaron. Porque en Bolivia, cuando la Gallindo deja de criticar a los políticos, algo muy grave, o muy romántico, está pasando. Pero mientras se resuelve el misterio, durante la fiesta, quienes pedían, JK etiqueta azul, terminaron bebiendo, las chelas de Huari y los otros que se habían llevado chicha de mizque decía salud con tequila traída de contrabando. Eso, todos bailaban cumbia.


